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Cuando llegué al digamos "taquillero", tenía una mesa donde estaba la caja y los rollos de las entradas; las que no tenían descuento de color rojo y las otras de color azul, y otra mesa que tenía encima una máquina de hacer palomitas que hacía la misma persona. Vendía las entradas y hacía las palomitas al mismo tiempo; daba gusto verlo, igual ponía la cucharadita de maíz que la medida de aceite que la de sal, que vendía las entradas que correspondía, y al mismo tiempo, vigilaba la puerta para que nadie se colara, es decir, que también hacía de portero, y de paso también ponía orden a los que venían solos a comprar palomitas para que no molestaran a los demás. Las palomitas se servían con unos vasos blancos de plástico llenos a rebosar, junto con alguna botella de agua pequeña que también vendía.

Cuando llegó mi turno, me pidió un favor, que le hice al instante y que era el siguiente: Que me quedara un momento allí, pues iba a conectar el proyector para empezar el cine. Fue decirle que sí, cerró la caja con llave y subió las escaleras de tres en tres, cosa que me produjo una envidia sana, ya que servidor padece artrosis y no puedo subir escaleras ni de una en una.

 
 
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