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Pero poco a poco la gente se fue volviendo más cómoda. Los grandes multicines aparecieron en las ciudades españolas y las parejas pasaron a hacerse arrumacos en las salas oscuras sin importarles demasiado lo que se proyectaba. Así, con el paso de los años, las grandes pantallas acompañadas de mullidas butacas y un sonido estridente han ido dejando casi en el olvido a aquellos cines de verano rodeados de amigos y familiares. No obstante, algunas empresas todavía llevan el proyector a los pueblos. Mantienen esa esencia propia que las distingue de las salas convencionales, ayudando a mantener los románticos anocheceres a la luz de la luna mientras se disfruta de lo último de la cartelera. En el País Vasco nunca abundaron debido al tiempo lluvioso; no así en otras partes de España.

Para los vecinos de Tudela, en Navarra, los mosquitos y el calor pasan a un segundo plano cuando el cine llega al pueblo. Tampoco echan en falta el aire acondicionado. Todo gracias a Enrique de las Heras, propietario de Movilcine, que cada verano se encarga de acercarles a la puerta de casa las novedades del celuloide.

 
 
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